jueves, 29 de marzo de 2018

La inflación de Macrilandia.


El Gobierno actualmente encuentra grandes dificultades para bajar la inflación. Además, para el 2018, el gobierno buscó elevar el tipo de cambio, continuar con su objetivo de bajar la inflación y sostener el ritmo de crecimiento de 2017. Difícilmente pueda cumplir con los tres objetivos al mismo tiempo, lo cual plantea una serie de dilemas para la política económica. A fines del año pasado el gobierno recalculó: decidió bajar la tasa de interés y permitir un aumento del tipo de cambio. En los primeros dos meses de 2018, el dólar aumentó un 17 por ciento. Al mismo tiempo, se efectuaron más ajustes tarifarios. Como consecuencia, los precios mayoristas se elevaron 9,6 por ciento y los minoristas 4,2 por ciento.

En este contexto, el gobierno comenzó a utilizar a las paritarias como principal ancla para la inflación. El cumplimiento de este objetivo parece estar encaminado a medias. Varios gremios ya cerraron sus paritarias en torno al 15 por ciento, aunque algunos contemplaron cláusulas de revisión entre agosto y octubre. Por lo tanto, el cumplimiento de estos acuerdos está atado a que la inflación ceda hacia fin de año. Esta situación, sumada a que varios gremios importantes todavía no cerraron sus acuerdos, implica, que, hasta el momento, el gobierno pudo imponer sólo parcialmente su política de ancla salarial.

Al mismo tiempo, el gobierno actualmente enfrenta fuerte presiones en el mercado cambiario. Si bien el Banco Central comenzó a intervenir fuertemente para controlar al dólar y tiene actualmente suficientes reservas para hacerlo, nada indica que siga pagando los costos de sostener este nivel de tipo de cambio en los próximos meses. El complicado contexto externo, las necesidades financieras externas y la elevada apertura financiera de la economía complican este panorama. Dejar subir el tipo de cambio o seguir gastando reservas pareciera uno de los principales dilemas del macrismo, en especial teniendo en cuenta el probable traslado a precios de una nueva devaluación.

Dentro de las dificultades para bajar la inflación se suma la inercia inflacionaria. Los salarios, varios gastos importantes del Estado asociados a la Ley de Movilidad Jubilatoria y los alquileres tienen un fuerte vínculo con la inflación pasada y le imprimen a la inflación un carácter inercial. Los primeros se mueven con los acuerdos del año pasado, los segundos con la inflación de 6 meses atrás y los terceros con contratos fijados hace dos o tres años. Esto implica que, por más que el gobierno convenza a los actores de que la inflación en 2018 va a ser 15 por ciento, ésta no pueda bajar “de un día para el otro”.

Los problemas para imponer el ancla salarial y sostener el tipo de cambio, sumados a la inercia inflacionaria, dificultan la consecución de la estrategia y amenazan la posibilidad de seguir bajando la inflación.

Además, los propios objetivos de elevar tipo de cambio, bajar inflación y sostener el crecimiento resultan de muy difícil complimiento en su conjunto. De continuar con el rumbo establecido a principios de año, el macrismo debería sostener cierta depreciación del dólar. Una mayor devaluación seguramente se trasladará a precios y perjudicará al salario real y, por lo tanto, al consumo, el canal más efectivo para impulsar la actividad en Argentina. En contraparte, el sostenimiento del tipo de cambio con la actual inflación inercial, podría impulsar el crecimiento como en 2017 pero a costa de mayor apreciación cambiaria, renunciando al desafío encarado a comienzos de año y acrecentando los desequilibrios que llevan a una futura crisis externa. La política cambiaria está en el nudo del dilema, difícil de resolver en el actual contexto con las actuales herramientas, en especial con la elevada apertura financiera.

En síntesis, en 2018 sostener un tipo de cambio más alto que el de 2017 y utilizar a los salarios como ancla implicará seguramente un menor nivel de demanda agregada, afectando negativamente al crecimiento. Como contraparte, si el gobierno elije por apreciar el tipo de cambio, podría llevar a cierta caída en la inflación pero a costa de incrementar aún más la fragilidad externa de la economía. Ninguno de los dos escenarios es bueno.


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