domingo, 28 de febrero de 2016

Deuda para financiar el consumo importado y la salida de capitales.


Llenaron el Estado de CEO bajo una presunta superioridad del modelo de gestión privada frente al manejo político de áreas políticas. Con la misma lógica estigmatizaron y despidieron decenas de miles de trabajadores provocando un efecto espejo, de todo vale, en el sector privado, donde comenzó el cierre de empresas sin que el Estado intervenga. El aumento de la tasa de desempleo ya es un hecho. Provocaron cortes energéticos por desconocimiento del manejo del sistema, pero se apuraron en aplicar el mayor tarifazo de la historia. Levantaron todos los controles cambiarios, hasta sobre los movimientos de capitales calientes y las obligaciones mínimas de liquidar divisas, argumentando que la sola liberalización provocaría un shock de confianza, pero desde entonces no sólo no entraron divisas, sino que ni siquiera liquidaron sus excedentes los exportadores locales, que apenas cumplieron parcialmente el compromiso de vender 4000 millones. ¿Por qué hacerlo si no es obligación y el dólar está en ascenso? En consecuencia, las reservas internacionales no dejaron de caer. En lo que va de febrero se desplomaron en 1518 millones de dólares. A pesar de las altísimas tasas en pesos también los excedentes de los ahorristas continuaron dolarizándose y la evidente fuga presiona sobre el dólar, lo que retroalimenta la inflación. En el Ministerio de Hacienda y Finanzas Públicas creen que frente a la magnitud de la devaluación, que ya alcanzó un 40 por ciento, el traslado a precios de 4,1 por ciento de enero fue “un éxito”; como si los traslados de una megadevaluación fuesen instantáneos. El impacto del nuevo escenario sobre la actividad económica amenaza ser pavoroso. Según reseña el último informe del CESO, los datos interanuales de enero en la recaudación del IVADGI, un indicador indirecto de crecimiento, estuvieron más de 10 puntos por debajo de la inflación de los índices provinciales.

Como ninguna de las panaceas funcionó, ahora se propone seguir otra: el pago a cualquier costo a los fondos buitre. El comparativo más inmediato es que la reestructuración del 93% de la deuda significó la emisión de títulos por 30.000 millones de dólares, mientras que, según los trascendidos de esta semana, para cumplir con el 7% restante se emitirían 15.000 millones. Sin embargo, contra lo que pudiera creerse, aquí los números son lo de menos. No porque no importe el endeudamiento multimillonario, sino por las consecuencias y razones de la nueva deuda proyectada.

El Gobierno sostiene que pagarles a los buitres según el número caprichoso de un tribunal extranjero significará abrir la puerta de los mercados de capitales a tasas más bajas, “como las que pagan el resto de los países de la región”, lo que permitiría recrear las condiciones para un boom de inversiones. No es la primera vez en la historia local que se recurre a esta argumentación. Ya se hizo en los 90 y se llevó al paroxismo bajo el gobierno de Fernando de la Rúa, que siguiendo a ultranza los consejos del FMI apuntó todos sus cañones a dos objetivos: la flexibilización laboral, que terminó en escándalo, y conseguir el famoso “grado de inversión”, que terminó en el megacanje y el default. Impresiona que habiendo pasado apenas poco más de una década desde aquellas experiencias traumáticas, hoy se repitan los mismos argumentos. Impacta porque las relaciones causaefecto entre las medidas y sus resultados negativos son un dato cierto y conocido, no meras hipótesis. Si no funcionó antes, ¿por qué funcionaría ahora?

Como parte de la persuasión y legitimación discursiva del nuevo modelo no se evita la mentira y a la extorsión. La mentira es que el nuevo endeudamiento será un instrumento para compensar el déficit de las cuentas públicas. La extorsión es que no tomar deuda obligaría a un ajuste todavía mayor. La mezcla es teórica y conceptual. Las divisas sirven para compensar el déficit de cuenta corriente, no el fiscal. El déficit fiscal es en pesos, no en dólares. El sector público gasta en moneda propia y el Estado tiene la potestad de emitirla. Al margen de las ficciones monetarias, los países tienen la capacidad de movilizar sus recursos productivos, como el capital y el trabajo. La lección no fue dada sólo por Keynes y sus discípulos del Circus de Cambridge, sino, en el límite y a modo de ejemplo, por las guerras: que mostraron cómo es posible crecer con recursos propios más allá de lo que el mainstream denomina Frontera de Posibilidades de Producción. Se trata del “estado del arte” de la economía como ciencia.

El país tiene efectivamente un déficit de cuenta corriente que debe financiar. Al margen de las fuertes medidas procíclicas tomadas por el nuevo oficialismo, una parte del problema es el cambio de ciclo regional. América Latina, que rebotó tras la caída por la crisis estadounidense de 2009 con una expansión de más del 6 por ciento en 2010, volvió a registrar en 2015 un crecimiento negativo. En este contexto, según el nuevo Indec, el año pasado Argentina tuvo su primer déficit comercial del siglo. No se trata solamente de los problemas tradicionales de restricción externa derivados del crecimiento sin desarrollo, sino de los efectos del cambio del ciclo de las commodities a escala global. Dicho de otra manera, parece un momento más apto para refugiarse en el mercado interno que para “volver al mundo”. Tomar algo de deuda para financiar el déficit externo a la espera de que vuelvan a crecer las exportaciones resulta un camino lógico que no está vedado aun bajo la hipótesis del conflicto con los buitres. En cambio tomar deuda indiscriminadamente, sin plan y para financiar salida de capitales, puede convertirse en una grave limitación futura. Primero porque no está claro que el pago del 150% a los buitres no genere reclamos futuros de quienes aceptaron los canjes ofrecidos desde 2005 por 30% con la promesa de que serían beneficiarios de cualquier nueva mejora. Si bien esta última obligación venció el 31 de diciembre pasado, la arbitrariedad del fallo neoyorquino indica que en materia de deuda cualquier cosa es posible. Segundo porque colocar deuda por 30.000 millones a una tasa soñada del 5 por ciento significaría cargar a la cuenta corriente con 1500 millones de dólares de obligaciones anuales adicionales sólo de intereses ¿Alguien comparó los costos financieros ideales de arreglar con los buitres versus los de no arreglar?

Finalmente, no es verdad que pagarle a los buitres cualquier cosa y a cualquier costo sea la única alternativa. Tampoco es cierto que endeudarse por cifras multimillonarias garantice el financiamiento del desarrollo. Y menos aun es verdad que el endeudamiento externo reemplace el déficit fiscal. El único beneficio de corto plazo de reendeudarse es el modelo de los ‘90; moderar la disparada del dólar y con ello la inflación y financiar un ciclo de consumo importado y salida de capitales. Los resultados de este modelo son bien conocidos. La llave de que no se avance en esta dirección la tienen los legisladores elegidos por el FpV, pero el oficialismo tentó a muchas provincias gobernadas por esta fuerza con la posibilidad de que participen de la fiesta del endeudamiento. En cualquier caso, no se está frente al ponderado regreso “al mundo”, sino frente al retroceso a la normalidad imperial; la notable recreación voluntaria de los mecanismos de sujeción, disminución de grados de libertad de la política económica y extracción colonial del excedente. La bendición la otorgará Barack Obama el próximo 24 de marzo.

Claudio Scaletta, Página 12, 28 de febrero 2016.

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