sábado, 15 de abril de 2017

Financial Times repite a Clarín y La Nación.


El síntoma está en la calle: crecen las quejas, el malhumor, la violencia, la pobreza y las movilizaciones. Una gran nube de esquizofrenia sobrevuela el ruido y la tensión: los medios de comunicación que, concentrados, monopólicos y socios, blindan y edulcoran la gestión del gobierno que propulsaron al poder. Es una experiencia desigual, sin antecedentes. Desde hace tiempo los medios de comunicación, como empresas, forman parte del establishment o se constituyen como una de las aristas del poder en tanto formadores de la diosa opinión pública. Pero este tiempo de Argentina, de una obscenidad desbordante, es un hito sociológico del que se tomará nota años después.

Es sorprendente encontrar gente en la ciudad de Buenos Aires que, trasuntando su jornada, repite, hasta con exactas palabras, los contenidos derramados por los medios monopólicos, carentes de razonamiento, plagados de conjeturas, juicios y opiniones. No hay tiempo de razonar ni desglosar una noticia. Se ve, se escucha, se compra o se deshecha, como frente a una vidriera. Y esas noticias, diseñadas para este consumidor sin tiempo, redundan en títulos, frases cortas, pregnantes y fáciles de transportar en un teléfono descompuesto: tal el fin. Como una imagen liviana, de baja resolución, para que circule en internet, para que internet funcione rápido. Como el colectivo que no se acerca al cordón de la vereda para hacer más rápido. Como el hombre que almuerza parado para hacer más rápido.

Un remolino de movilizaciones sucesivas convocaron a multitudes que no se esperaban tan masivas. En el mes de marzo de 2017, a sólo 15 meses de gestión del gobierno PRO, rebalsó 6 veces la Plaza de Mayo; la manifestación de una envergadura de conflictividad que no se vio en Argentina desde 2008 (9 años).

Analistas y periodistas tratan (en vano) de poner diques, de trazar divisorias y períodos como modo de abordar el avasallamiento de la política CEO-PRO. Ya pasaron los primeros cien días, los velatorios de la “luna de miel” del gobierno con los votantes que, de haber existido, hubo asistido a varias muertes y hasta la clausura delas estadísticas estatales. Se siguen trazando líneas y dictaminando etapas de análisis que terminan arrolladas en el vértigo CEO-PRO.

“Se terminó la ilusión macrista de que el ánimo popular puede manipularse con promesas que se dilatan. La tolerancia de la gente ante el empeoramiento de sus condiciones materiales de vida ha tocado un límite. Cuando el malestar se convierte en cuestionamiento organizado y la calle toma la palabra, el montaje de la representación cruje, se pone a prueba. Y el tinglado político hoy no ofrece alternativas que estén a la altura del desafío de época. Dicen que la política teme al vacío. La película que viene, entonces, puede ser de terror”.

¿Las promesas que se dilatan con el fin de manipular el ánimo popular constituyen, acaso, la buena voluntad del gobierno de evitar la represión? Aquí es donde funciona, a todo vapor, la maquinaria mediática, aquí su rol. Reinventada y con una gama de recursos ya expuesta, la usina mediática no deja de propagar sus versiones como formal y pacífica antesala de la participación represivo-judicial.

La gobernabilidad que ensaya la administración PRO convierte al diálogo en simulacro y a la negociación en una emboscada. Reconocer la crisis de la estrategia económica adoptada no está permitido puertas afuera. El gobierno PRO muestra que redobla y gira sobre sí mismo haciendo gala de un pragmatismo sin brújula ni horizonte y comienza a mostrar el látigo para atemorizar una realidad que se le insubordina.

La usina PRO, desde los diarios Clarín, La Nación, Cronista, Perfil, Canal 13, Telefé, América, TN y repetidoras, más radios, portales web y la propia tropa de trolls en Facebook y Twitter no cesa en el ring de la opinión pública dirigiéndose a una masa desinformada y desinteresada con títulos pregnantes y de fácil estribillo. El descrédito de los gremios, hoy organizadores de las quejas movilizadas, es el gatillo contextual para el fin de la baja de salarios apuntada al mercado internacional.

Es cierto que “estamos ante un sindicalismo que ya ni siquiera pega para negociar sino que ahora hace negocios para negociar, mientras permanece sometido a la extorsión de funcionarios que provienen del mundo empresarial y saben cómo lidiar con gremialistas sin espesor ético ni autonomía conceptual. Es un hecho que la mayoría de los laburantes tomaron nota de la aguda crisis que perfora a sus instancias de representación sectorial. En el caso de que la conflictividad se intensifique y no encuentre instancias coherentes de dirección, la protesta podría adquirir un carácter salvaje” o, definitivamente, diluirse.

Los medios también se conectan entre sí y forman, encolumnados y en red, comunidades de intereses. Tenemos, por ejemplo, esta nota del Financial Times, atribuida al periodista Benedict Mander, que retrata la realidad argentina bajo la versión monopólico-oficialista y la voz de Fernando Iglesias, a quien presenta como “escritor y ex congresista que apoya al gobierno”. Sin extendernos en lo mínimo dejamos constancia de que Fernando Iglesias es quién afirmara mirando a cámara en TV que “Mauricio Macri no tiene cuentas en el exterior no declaradas”.

Es tiempo de revisar la Constitución Nacional y de una actualización al siglo XXI que exige además una profunda renovación y reestructuración en el Poder Judicial. Es tiempo de regulaciones constitucionales para los medios de comunicación y para los propios mandatos presidenciales que debieran exponerse a revocatorios.

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Alejandro Carnero

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