jueves, 30 de junio de 2016

El «relato» en tiempos del macrismo.


El relato no hace más que relatarse a sí mismo. Lo importante no son las palabras, sino los hechos que no están en las palabras y que precisamente rechazan las palabras.
                                                                                                                               Augusto Roa Bastos


I - La estigmatización del relato político.

Hace algunos años, y para sorpresa de muchos, la palabra relato abandonó los claustros académicos para acuartelarse de manera definitiva en los medios masivos de comunicación. Ya en su nuevo ámbito, esta expresión adquirió connotaciones claramente negativas, a tal punto que fue (y es) empleada para señalar las presuntas falacias de cualquier arenga gubernamental. Se habló, así, durante una década, de un «relato kirchnerista», que, desde luego, era tenido a priori por falso, sobre todo, por los rasgos de historicidad e ideología que exhibía, inaceptables para la lógica neoliberal que un amplio sector de la sociedad, aun sin saberlo, abraza y reproduce.

Sin embargo, es necesario señalar que no existen Gobiernos sin relato. Alfonsín tenía el suyo, un relato que estaba íntimamente vinculado a la recuperación de la democracia; Menem, por su parte, adoptó el relato del libre mercado que le imponían, a un tiempo, la patria financiera y el establishment económico mundial; la dictadura tenía un relato tan providencial como su nombre: Proceso de Reorganización Nacional, y el relato de Perón, al menos el de 1973, estaba cifrado en el llamado a la «unidad de los argentinos», aunque, de alguna manera, es lícito pensar que los primeros setentas fueron el período en el que entraron en disputa los distintos relatos peronistas.

El macrismo, desde luego, también tiene su relato. Se trata de un relato lábil, antipolítico, carente de sustento discursivo, que sospechosamente mutó del «cambio con alegría» al «hacerse cargo de la pesada herencia». Pues bien, no hace falta ser ningún Maquiavelo para darse cuenta de que esta mutación busca justificar las medidas antipopulares que el actual Gobierno viene llevando a cabo desde que llegó a Casa Rosada, medidas que, dicho sea de paso, responden a otro relato que, por desgracia, conocemos muy bien.

Como vimos, no es extraño que un Gobierno cuente con un relato propio, ya que éste, en sí mismo, no es más que una estrategia de comunicación política, un recurso persuasivo que actúa como marca identificatoria de un líder, partido o movimiento. Lo que sí debemos tener en cuenta es quién lo enuncia, qué ideas fuerza se esconden detrás de ese enunciado, qué aspectos de la realidad incluye, qué legitima y qué condena.

II - La posmodernidad o el fin de los grandes relatos.

En su obra La condición posmoderna (1979), el filósofo francés Jean-François Lyotard puso en evidencia que la constitución moderna del saber está contaminada por una perspectiva narrativa. Al parecer, lo que constituye tradicionalmente una narración —el héroe que debe poner a prueba su destreza, su astucia, su valor, etc.— sería modelo tanto de una organización narrativa como de una enseñanza moral. En ambos casos, el destinatario del relato debe poner en juego una determinada competencia, competencia que le permitirá discriminar los enunciados ficcionales de los éticos. Sin embargo, el problema es quién legitima, dentro del mismo juego de enunciados, dicha discriminación.

Lyotard sostiene que es lícito sospechar que sobre todo intento de legitimación pesa el marco ideológico dominante en el momento de esa legitimación, y como las ideologías son «modelos de competencia», es factible llamarlas «narraciones maestras». Si aceptamos este pensamiento, podemos suponer que los «grandes relatos» —iluminismo, idealismo y marxismo— tuvieron un héroe abstracto y orientaron el saber de acuerdo con el modelo de competencia que le adjudicaban. Así, el héroe del iluminismo fue el sujeto emancipado, biempensante y emprendedor, que se orientó hacia saber positivo; el idealismo trató de marcar la trayectoria de un héroe capaz de aspirar a la verdad del ser y el destino esencial de su comunidad, subrayando la necesidad de un saber especulativo y metafísico; el marxismo tuvo su héroe en el proletario triunfante, dividiendo sus intereses tanto en el saber positivo como en el especulativo. Como podemos advertir, en los tres casos es posible detectar una teleología, un proyecto, que sitúa a determinadas actuaciones en el lugar de dadoras de sentido, de configuraciones de mundo.

Lyotard creía, no obstante, que esas narraciones maestras estaban destinadas a desaparecer, ya que se habían transformado en discursos autoritarios y uniformes. Por supuesto, «la muerte de los grandes relatos» daba lugar al «pequeño relato», es decir, a aquel que se limitaba a narrar una historia definida, específica, particularizada. En esta versión del pensamiento posmoderno, el pequeño relato es un elemento eficaz de individualización regional y de organización de los lazos sociales dentro de cada comunidad. Es el resguardo de la «norma propia» frente al poder totalizador de los grandes relatos, en el que se recupera la dosis de fabulación y creatividad que posibilita respuestas diferenciadoras.

Ahora bien, debemos decir que en todo esto hay una trampa. Los pequeños relatos se establecen en un mundo globalizado, mundo que a su vez se rige por una lógica de mercado, que a su vez es producto del único metarrelato que logró sobrevivir: el capitalismo. En suma, el pensamiento posmoderno, pese a sus nobles intenciones, terminó por ayudar al capitalismo a eliminar al resto de los grandes relatos, convirtiéndolo en una suerte de «suprarrelato» capaz de regular, según sus necesidades e intereses, a los relatos más pequeños. Así, una vez demolidos los grandes proyectos humanistas, el capitalismo se erigió como el mejor de los mundos posibles, y no precisamente por serlo, sino porque ya no había ningún otro que le disputara ese lugar.

III - Hacia la construcción de un nuevo relato soberano.

Nadie puede negar que el relato macrista responde a la lógica poshistórica del neoliberalismo, deudora —como vimos— del pensamiento posmoderno. Por consiguiente, no debe sorprendernos que Cambiemos haya reemplazado conceptos tales como política, historia e ideología por otros menos conflictivos (la idea de que la política es el arte del conflicto ha ido sustituyéndose paulatinamente por la superficial idea de que la política apenas se reduce a una «buena gestión»). La pregunta que se impone es ¿a quién interpela este relato?

Sabemos que ningún relato puede arrogarse la representación del sujeto comunitario si éste no lo incorpora como parte de su discurso, es decir, sin que no comparta un horizonte simbólico que le otorgue sentido a cada gesto. En el caso de Cambiemos, ese horizonte es más o menos claro —pese a que esté compuesto de significantes vacíos (pobreza cero, republicanismo, transparencia, etc.) y de consigas éticamente reprochables (meritocracia, individualismo, competitividad, etc.)—, lo que no ha quedado del todo claro hasta el momento es cuáles son los medios elegidos para alcanzar ese horizonte. Por supuesto, no hay ningún interés en dar a conocer esos detalles, puesto que hacerlo implicaría reivindicar una política (la neoliberal) y, en consecuencia, salir del seguro terreno de las expectativas, para adentrarse en el tan repudiado lodazal de los conflictos. Por lo tanto, aquel que se sienta interpelado por el relato macrista es de algún modo cómplice de este ocultamiento.

Lo cierto es que todo pueblo debe poseer un relato que lo constituya, que le dé identidad, y en un país como la Argentina, tan disímil en su forma de arraigo al territorio, tan desigual en su forma de pensar el mundo, sólo el tejido de historias pasadas y potenciales puede llegar a organizarnos. Está claro que el programa civilatorio resultó abstracto y azaroso en la etapa fundacional, así como el fragmentarismo posmoderno resulta disolvente en nuestros días. Sólo la convalidación de un relato junto a otro relato, tejidos con sentido proyectivo, podrá diseñar esa narración diferenciadora que busca su legitimación menos en el origen que en la finalidad.

A falta de grandes sagas, a falta de una historia abarcadora, el relato político que vendrá deberá constituirse a partir de la confluencia de muchos relatos, de muchas tradiciones emancipatorias; confluencia que el kirchnerismo tuvo la intención de propiciar en su momento, con el fin de volver a construir una patria justa, libre y soberana; confluencia en la que se podrá rastrear el pasado desde un presente con proyección, y en la que se podrá constatar que, si bien la historia documenta, los símbolos enriquecen —por otros caminos— lo que el documento calla.

Flavio Crescenzi, Poeta, Asesor Literario. Corrector de Textos y Redactor de Contenidos.

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