domingo, 3 de junio de 2018

Dolarización, inflación y algo más.


No fue un descuido ni un fallido de Mauricio Macri cuando, recién asomando su candidatura, desestimó a la inflación cómo un problema, asegurando que era un asunto de solucionar, y su existencia era solamente la manifestación de “la incapacidad para gobernar”. Y es que entre sus economistas más cercanos, entre los que se destaca desde hace ya un tiempo Federico Sturzenegger, le sugerían que bastaba con manejar la cantidad de dinero en circulación para estabilizar los precios. Ellos, el PRO, harían lo que nunca otros habían hecho: frenar la emisión monetaria. Si la solución era tan sencilla, la inflación no sería un problema, reflexionó el entonces candidato a presidente. Y así lo transmitió. A dos años y medio de gobierno de Cambiemos, la realidad económica le dio un mazazo en la frente a semejante simplificación.

El modelo económico impuesto a partir de diciembre de 2015 llevó a que la apertura comercial, la desregulación (descontrol) de los movimientos de capitales internacionales y las altas tasas de interés convirtieran la economía argentina en un pequeño casino para los grandes jugadores de las finanzas internacionales. Y ubicara al país, por vía del endeudamiento externo y los múltiples déficit en las cuentas externas (balanza comercial, turismo, fuga de capitales, pagos de dividendos e intereses) en “uno de los países más vulnerables” ante las turbulencias financieras externas, como el propio presidente de la Nación admitió al anunciar que iniciaba negociaciones con el FMI.

El modelo elegido para “la vuelta al mundo” que proclama el Gobierno también le impuso al país una muy elevada dependencia del dólar al momento de determinar sus precios internos. Dolarizó tarifas, dolarizó el precio de los combustibles, eliminó retenciones (vinculando el precio de exportación al que debe pagar el mercado interno por los mismos productos), desreguló (perdió el control) sobre precios de insumos básicos y abrió el mercado interno a la importación de todo tipo de productos, permitiendo que desplazara a la producción interna.

Por lo dicho más arriba, el desequilibrio permanente en las cuentas externas genera tensión en el mercado cambiario y una tendencia constante al aumento del tipo de cambio. Por momentos, como el actual, en forma abrupta. Por lo dicho en el párrafo anterior, eso está llamado a producir shocks inflacionarios periódicamente.

El gobierno de Cambiemos, con su fórmula simple para “gobiernos capaces”, no logró resolver la inflación heredada. Pero creó otra mucho peor, por lo dañina en términos de desarrollo económico y costos sociales.

En el actual esquema económico, el dólar se cuela en los precios por todos los agujeros que deja la falta de controles. Cuando hay devaluación:

* Suben los precios de los insumos importados, los cuales se trasladan inmediatamente el precio de los bienes fabricados en el país que incorporan esos insumos, como el caso de autos y motos.

* Suben, en pesos, los precios de los productos exportados, y a falta de retenciones el aumento se traslada inmediatamente al precio de esos mismos productos para el mercado interno. Por ejemplo, harinas y aceites.

* Sube el precio de otros insumos que no se importan ni se exportan, pero que como se mueven en mercados oligopólicos, quienes los controlan no quieren perder posiciones en precios relativos y entonces aumentan a la par que otras empresas líderes. Es el caso del cemento, insumo principalísimo en el rubro de la construcción.

* Subirá, aunque con algún rezago en el tiempo, el precio de la nafta, el gasoil, la electricidad, el gas y todo otro precio regulado que, por decisión de la actual política económica, se ajustan por el precio del dólar y las cotizaciones internacionales, por más que se produzcan o generen íntegramente en el país.

La economía argentina padece, por otra parte, de problemas estructurales serios. Los sectores más relevantes están lejos de ser competitivos. La presencia de empresas dominantes en prácticamente toda la gama de insumos de uso difundido es la característica más común. Esa condición los convierte en formadores de precios: es decir, son las que definen antes que nadie la magnitud del traslado a precios de una devaluación, por ejemplo. Lógicamente, en períodos de turbulencia, corren con ventaja y no sorprende que sean las que recogen los mayores beneficios.

El otro nudo no competitivo es el de la concentración del comercio en manos de las cadenas de hípermercados. Por cantidad de bocas de venta y por su capacidad logística (volumen de compras, condiciones para la concentración y retención de stocks), constituyen el núcleo de formación de precios a nivel minorista.

La escasa o nula vocación por los controles de parte de la actual política económica, y su posición en la estructura económica, convierte a estas corporaciones (monopolios industriales y cadenas de comercialización) en correas de transmisión del proceso inflacionario y, a la vez, de concentración de ingresos en momentos de turbulencias. No es de extrañar, entonces, que ante una devaluación fuerte como la actual, el impacto termine trasladándose a todos los bienes bajo su control, aunque no utilicen ni un tornillo importado.

La devaluación impacta de lleno en el costo de vida de la población, porque precios y tarifas están dolarizados. Y ante un salto brusco del tipo de cambio, el sector asalariado no tiene forma, en las condiciones conformadas por el actual gobierno, de recuperar vía actualización de sus remuneraciones el terreno perdido. Es una condición impuesta por el modelo dominante: los precios ajustan a la par del dólar, los salarios se achican en dólares cuando hay devaluación.

El rol protagónico que está llamado a jugar el Fondo Monetario en la nueva etapa económica anticipa una ratificación y consolidación de esas condiciones. En la propuesta de salida de la crisis, una norma que no será enunciada es que los salarios e ingresos en general de la población deberán caer para que haya menos demanda interna y, por lo tanto, mayor cantidad de bienes disponibles para la exportación. Así funciona el ajuste clásico ante las crisis externas: caída de la demanda interna supone menos importaciones y aumento de saldos exportables. Por esa vía, debería reducirse el saldo negativo de la balanza comercial. Un dólar en aumento y un período de inflación persistente serán funcionales al ajuste regresivo.

Para el gobierno de Cambiemos, y para su política económica que ahora quedará bajo supervisión del FMI, el combate a la inflación dejará de ser un objetivo inmediato. En la etapa inmediata, es funcional a la aceleración del ajuste.

Raúl Dellatorre

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