domingo, 22 de mayo de 2016

El tercer semestre.


“Hay que vender la idea de que el país tiene una base sólida”, postula con entusiasmo Federico Sturzenegger. El diario La Nación destaca su “evidente tranquilidad” que atribuye a la exitosa solución al problema de la deuda, que le permite concentrarse en la tarea que todo el gobierno considera primordial. “Estamos obsesionados con reducir el gasto público. Esa es una tarea permanente”, dice. Ahora que “ya nadie duda sobre si la Argentina va a poder cumplir con sus compromisos” la recuperación será “muy, muy rápida y significativa”. Para Sturzenneger, la reactivación se producirá en el segundo semestre.

Estas declaraciones fueron formuladas el 11 de junio de 2011, cuando era Secretario de Política Económica durante el último ministerio de Domingo Cavallo, bajo la presidencia de Fernando de la Rúa. A 15 años de distancia se conoce lo sucedido: el megacanje no solucionó el problema de la deuda, sólo la incrementó en decenas de miles de millones de dólares. Ese dinero financió la fuga por parte de las grandes empresas, que expatriaron sus capitales antes de que los ingenuos mortales fueran atrapados por el corralito. La reactivación no fue rápida ni significativa, sino que se profundizó la recesión, mientras la reducción del gasto público se limitó a la merma del 13 por ciento en los ingresos de jubilados y trabajadores del Estado, y fue devorada por la cuenta de intereses del nuevo endeudamiento. Además tuvo consecuencias personales para el locuaz vocero: la Corte Suprema confirmó el procesamiento de Sturzenegger por negociaciones incompatibles con la función pública. Si aún no ha llegado a juicio ha sido por la protección política que le acordó Maurizio Macrì, quien lo hizo presidente del Banco Ciudad, diputado nacional y ahora presidente del Banco Central, mientras pretende que el suyo es un gobierno honesto y transparente. Este blindaje contra las consecuencias de sus actos permite que Sturzenegger mantenga el optimismo bobo de entonces, compartido con la plana mayor de la nueva Alianza que integra, y vuelva a vaticinar primores para el segundo semestre, en este caso descenso de la inflación, que a fin de año caería al 2 por ciento mensual, desde el 6,5 por ciento de abril, lluvia de inversiones en dólares, megaplanes de obras públicas, empleo auténtico y no inútil, crecimiento, felicidad y globos. El problema es que hoy como entonces estas expresiones de deseos no tienen correlato en la realidad. El gobierno necesitaría un año de tres semestres para ver sus vaticinios hechos realidad. Mientras, se limita a repetir slogans de campaña, con promesas que suenan muy atractivas pero que no tienen la menor posibilidad de cumplirse.

Esa independencia del discurso en relación con los datos de la realidad no es una exclusividad argentina. En su edición del viernes el diario de registro de la política estadounidense, el Washington Post, publicó una columna sobre lo que llamó “un mundo post fáctico”, en el que el público ni siquiera se preocupa por saber si los hechos que se le presentan son verdaderos. Se detectó una tendencia general a creer en los supuestos hechos que confirman las opiniones preexistentes y desechar aquellos que las contradicen. Este fenómeno se potencia en las redes sociales, donde quienes sostienen las opiniones más fuertes son los menos inclinados a modificar sus puntos de vista y tienden a rechazar como tendenciosa cualquier corrección basada en datos. Otra publicación estadounidense atenta al mismo fenónemo es la revista New Yorker donde Jill Lepore escribió que la enorme cantidad de datos disponibles vuelve a las personas cínicas respeto de la verdad misma. “Con tantas fuentes de información disponibles, es mejor suponer que son todas erróneas. Si la verdad está pasada de moda, si vivimos realmente en un mundo post fáctico, no hay ningún motivo para que los mentirosos se avergüencen”. Pese a que Donald Trump miente una y otra vez en su campaña y que sus falsedades son de inmediato señaladas, “esto no incide en su comportamiento ni en el de sus seguidores”, dice el Post. También el referendo sobre la posible salida británica de la Unión Europea está plagado por un mal uso intencional de los datos, agrega. Pese a que ha sido demostrada su falsedad, la cifra de 350 millones de libras por semana que Gran Bretaña pagaría a la Comisión Europea, sigue pintada en el exterior de los ómnibus como argumento de campaña, sin que nada cambie. La conclusión es que en la era de las redes sociales, a los políticos, los militantes, los programas robot y los gobiernos les resulta fácil manipular las noticias y al público cada vez más difícil corregirlo, aún cuando se lo proponga.

Lágrimas y sonrisas

Sturzenegger hizo un curso profesional para dominar ese arte de divorciar el discurso de la realidad. En 2013, el consultor ecuatoriano Jaime Duran Barba lo preparó para el debate con los otros aspirantes a la diputación por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. En una conferencia en la universidad neoyorquina de Columbia, Sturzenegger narró muy divertido cuáles fueron esas enseñanzas:

1. No proponer nada. La gente no está preocupada por esas cosas, que no son relevantes.

2. No explicar nada. Si se explica qué es la inflación, habría que decir que la emisión monetaria genera inflación, que entonces debería reducirse la emisión, y que si se reduce la inflación habría que hacer un ajuste fiscal y que si se hace un ajuste fiscal la gente va a perder su trabajo. Eso es lo que no hay que decir. Desde el gobierno se puede hacer lo que se considera necesario, pero no hay que decirlo en medio de un debate. Mejor decir que están mintiendo con los números de la inflación o decir cualquier cosa; hablar de los hijos de uno. No importa.

3. No atacar a nadie. A la gente no le gusta ver a alguien agresivo.

4. No defenderse de ningún ataque.

Las personas más sensibles pueden llegar a las lágrimas al constatar con un diario en las manos la oposición entre los duros hechos que aprecia en su vida cotidiana, y el relato con que los presentan políticos siempre sonrientes. “Vamos a estar mejor, confíen”, dijo el presidente Macrì en Santiago del Estero. Su viceministro de Hacienda, Pedro Lacoste, anunció que en el segundo semestre bajará en forma drástica la inflación y “la economía va a crecer a una tasa que nos sorprenderá a todos”. El propio presidente y su ministro de Obras Públicas, Rogelio Frigerio, pregonan que dada la confianza que el mundo tiene en la nueva Argentina en el mítico segundo semestre diluviaràn inversiones sobre el país. A esta altura, lo repiten con una sonrisa como un acto de fe en el que ni ellos creen, porque nada de lo que esperaban para el primer semestre ha ocurrido, más allá de los gestos políticos interesados del gobierno de Estados Unidos, cuyo propósito es favorecer la transferencia de utilidades de sus empresas, incrementar el superávit comercial con la Argentina, recuperar el control perdido sobre las políticas de seguridad y defensa con pretexto de la lucha contra el narcotráfico y quitar del mapa una pieza fundamental en el realineamiento regional, que en 2005 le dio la espalda al ALCA en la cumbre de Mar del Plata, donde Lula, Kirchner y Chávez desairaron a George W. Bush. Hoy sólo queda Lula, y reducido a luchar por su supervivencia política. Al anunciar el veto a la ley de emergencia que prohíbe los despidos, Macrì dijo que en un año se verían los frutos del camino emprendido, el famoso tercer semestre del año verde. Macrì no para de repetir que desde hace cinco años la economía no crece ni crea empleo privado, lo cual es lisa y llanamente falso. En su página El Revelador sobre Periodismo de Datos, la especialista informática María Soledad Escobar muestra que en esos años estigmatizados por Macrì, el PIB argentino creció en porcentaje más que los de Alemania, España, Estados Unidos, Francia e Italia sumados. Como enseña Durán Barba, mejor hablar de los hijos de uno.

Tocata y fuga

El informe de coyuntura 19 de CIFRA, realizado por los investigadores Mariano Barrera, Mariana González y Pablo Manzanelli, analiza las encrucijadas de la política económica de la Alianza Cambiemos y permite prever que este año el crecimiento será negativo. La devaluación nominal del 60 por ciento y la simultánea disminución o supresión de retenciones produjeron un salto inflacionario, que fue del 1,7 por ciento del mes electoral de octubre de 2015 al 6,5 por ciento de abril, por el fuerte aumento en las tarifas de servicios públicos, lo cual da un índice anualizado de 40,7 por ciento, aun con las optimistas predicciones del Banco Central. Esto implicó una caída del poder adquisitivo del salario del 12 por ciento (que podrá recuperarse según resulten las negociaciones paritarias) y una fuerte retracción del consumo, que en abril fue del 6,6 por ciento interanual. Mayor aún fue la caída en la construcción, que llegó al 22,7 por ciento en los cuatro primeros meses del año. La industria sólo retrocedió 3,4 por ciento interanual en el primer bimestre del año según datos de la UIA. Pero los cambios verificados en la composición del comercio exterior sugieren que estas son apenas las primeras brisas de un viento helado que se aproxima. “Se advierte un ascenso en las importaciones de vehículos finales (44 por ciento) y bienes de consumo (6 por ciento), y una fuerte caída de los insumos intermedios (-12 por ciento), combustibles y lubricantes (-16 por ciento), piezas y accesorios para bienes de capital (-2 por ciento), y bienes de capital (-1 por ciento). Además de los automóviles, entre los bienes que más aumentaron sus importaciones se encuentran juguetes, muebles, calzado, abonos”. Aún así, la devaluación no logró más que una recomposición parcial del tipo de cambio multilateral, que es el que mide la competitividad externa respecto de los principales socios comerciales. Su aumento del 36 por ciento entre noviembre y febrero ubica el tipo de cambio real en niveles similares a los de octubre de 2014, y dado el ritmo inflacionario se seguirá apreciando en los próximos meses, erosionando la competitividad externa. Lejos de producirse la lluvia de dólares pronosticada, lo que se incentivó fue la fuga de capitales, que en el primer bimestre del año fue de 3.000 millones de dólares mensuales, 364 por ciento más que en el mismo periodo del año anterior. 

Las clases altas no disminuyen su consumo; lo que se fuga es la inversión. Esta hemorragia recién se contuvo en marzo, cuando el Banco Central llevó al 38 por ciento la tasa de las LEBACS, lo cual es tóxico para la inversión y promueve la especulación financiera, cosa que no cambia por la disminución posterior a 36,75 por ciento. Esta acelerada reanudación de la fuga (característica del modelo de acumulación de capital impuesto por los principales agentes económicos, con una burguesía media y alta que calcula su rentabilidad en dólares) es apenas una primicia del nuevo ciclo de endeudamiento iniciado por el acuerdo con los fondos buitre con la emisión de 12.500 millones de dólares en bonos. De acuerdo a lo expuesto en sus fundamentos, el objetivo es cubrir como mínimo “el programa de reducción gradual del déficit fiscal anunciado por el ministro de Hacienda y Finanzas: reducción del déficit fiscal al 4,8 por ciento del PIB en 2016, al 3,3 por ciento en 2017, al 1,8 por ciento en 2018 y al 0,3 por ciento en 2019”. Aunque no hubiera otras necesidades que estas, el nuevo endeudamiento externo con privados en moneda extranjera alcanzaría este año los 47.825 millones de dólares, o 19,6 por ciento del Producto Interno Bruto, casi tres veces más que al asumir Macrì. En el último año de su mandato presidencial, con una proyección de 120.000 millones de dólares, esa deuda implicaría un tercio del PIB de 2019. Así, este nuevo ciclo de endeudamiento externo, que no se destinará a financiar inversiones productivas sino gastos corrientes y a cubrir el déficit externo, en un escenario de escasas oportunidades de inversión tenderá a alimentar la fuga de capitales al exterior. 

La conclusión de CIFRA es que si bien algunas de las medidas implementadas suponen un aumento de la rentabilidad, y por ende un incentivo a la inversión, la caída del consumo interno ejercerá presiones contrarias en un escenario en el que los mercados externos no dan indicios de expansión sino más bien lo contrario. “La recesión económica será contemporánea a una fuerte especulación financiera fomentada por el alto rendimiento en dólares de la tasa de interés que fija el Banco Central. En ese marco, el elevado endeudamiento externo implícito en el programa fiscal y el acuerdo con los Fondos buitre puede generar, si se accede exitosamente al crédito internacional, las divisas para compensar la restricción externa y financiar la fuga de capitales, que ya no estará originada en ganancias productivas sino en la renta financiera. Se trata de un escenario sumamente regresivo y con fuertes pugnas distributivas que, a diferencia de otras etapas históricas, no tiene una crisis económica que la precede y la legitima. Ello preanuncia la intensificación de conflictos sociales, no solo entre el capital y el trabajo sino también entre las fracciones hegemónicas del capital (banca transnacional y terratenientes pampeanos) y los grupos económicos locales ligados al ámbito industrial para intentar imponerse en la nueva estructura de precios y rentabilidades relativas”.

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