martes, 15 de marzo de 2016

La inserción argentina en el mundo que propulsa Macri.


La preocupación del nuevo gobierno por “reinsertar a la Argentina en el mundo” debe ser entendida como el retorno de un proyecto, que prioriza la apertura comercial y financiera basada en las viejas ventajas comparativas.

RETORNO AL COLONIAJE
Matías Vernengo, Profesor de la Universidad de Bucknell y del MDE/UNSAM.

Estar insertados en el mundo no quiere decir mucho. Por si mismo la inserción no es un objetivo económico, y lo que realmente importa es como un cierto tipo de inserción permite, o no, mejorar el nivel de vida de la gente en general. Por lo tanto, la preocupación del nuevo gobierno por “reinsertar a la Argentina en el mundo” debe ser entendida más bien como el retorno de un cierto proyecto, que prioriza la apertura comercial y financiera, y un modelo de integración basado en las viejas ventajas comparativas.

La devaluación, el aumento de las tarifas, los despidos masivos y el ajuste fiscal anunciado son parte de ese proyecto de integración a la economía global. Las medidas son inflacionarias y recesivas, como ya empieza a quedar claro. El objetivo es reducir los salarios reales, y apuntar a una mayor competitividad externa, asociada a la producción de commodities y a los bajos salarios. Una vuelta al viejo modelo agroexportador que sigue siendo el mítico jardín del Edén de un pasado en cual supuestamente la Argentina era desarrollada. La fantasía de nuestras elites sobre la sostenibilidad de ese modelo tiene el apoyo de buena parte de la clase media, que se olvida que su ascensión de inmigrantes a profesionales liberales –tan bien captada por la expresión m’hijo el dotor, eternizada por Florencio Sánchez– correspondió a un cambio en la estructura productiva del país, donde la industria ganó peso relativo. En este modelo, la industria no tiene un rol preponderante, e insertarse en el mundo es la única alternativa.

Por eso no es sorprendente que Mauricio Macri y su canciller, Susana Malcorra, hayan sugerido que la Alianza del Transpacífico (TPP en inglés) sea un objetivo de la integración comercial del nuevo gobierno. La TPP ocupa el lugar del Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA), derrotada por Néstor Kirchner y Hugo Chávez en 2005. Como Carlos Menem en los 90, la integración subordinada a los países avanzados es vista como el motor del crecimiento. La integración global permitiría el crecimiento de las exportaciones, el retorno de los capitales internacionales, y llevaría la Argentina a su posición natural de país del primer mundo.

El arreglo con los fondos buitre y el retorno a los mercados financieros internacionales son parte de ese mismo proyecto. Volver a los mercados financieros internacionales y tomar deuda no es necesariamente una mala idea, en particular porque el déficit en cuenta corriente contribuyó para el estancamiento de la economía en los últimos años del kirchnerismo. Sin embargo, el objetivo de la actual rendición a todas las demandas de los buitres, más allá de la cuestión inmediata de acceder al crédito internacional y poder hacer frente a los pagos de corto plazo, es la noción implícita de que los capitales internacionales vendrían, la inversión aumentaría y el crecimiento sería la consecuencia. En otras palabras, tanto por la vía comercial, como por la financiera, hay una confianza en la capacidad de los mercados de producir espontáneamente el desarrollo. Basta con insertarse en la economía global.

Es necesario recordar cuál fue el resultado, no solo en los años 90, de una política de inserción guiada por las ventajas comparativas, la desreglamentación financiera y el endeudamiento externo. A pesar de los mitos sobre la Argentina de la Belle Époque, la verdad es que el país producía trigo y carne para exportar, y aunque tuviera una renta per cápita elevada, comparable a la de países avanzados como Alemania y Francia, no producía ninguno de los productos centrales de la segunda revolución industrial. La capacidad de exportar productos complejos, con alto contenido de valor agregado es importante justamente porque permite el crecimiento con salarios reales elevados, y porque reduce los problemas externos. Más allá de los conflictos distributivos, asociados a la posibilidad de crecer con salarios reales más altos, la cuestión en el siglo veintiuno es si es posible integrarse globalmente exportando soja a China.

El liberalismo de la primera globalización terminó en la Gran Depresión, el neoliberalismo de Martínez de Hoz y los militares con la crisis de la deuda, el de Domingo Cavallo y Menem con el colapso del sistema económico y el default, y es difícil de creer que algo similar no pasará con está vuelta al mundo con Macri. No se trata de una simple dicotomía de insertarse en el mundo o de aislarse completamente sino más bien de insertarse en el mundo desarrollando nuestras capacidades, como de hecho quería Aldo Ferrer al decir que debíamos vivir con lo nuestro. De otro modo la inserción en el mundo es simplemente el viejo retorno al coloniaje.


UNA APUESTA COSTOSA
Delfina Rossi, Economista.

Después de la crisis de 2008, se impulsó el crecimiento mundial con tasas de interés a un nivel muy bajo, permitiendo a Estados Unidos recuperarse. Hoy, el crecimiento económico esta cuestionado por la caída del precio de las commodities y del petróleo, la apreciación del dólar y la ralentización del crecimiento de China.

De hecho, la austeridad europea parece haber llegado a los Brics. Brasil adoptó una agenda de ajuste y reducción del gasto; India y Sudáfrica empezaron un proceso de ajustes similares; Rusia ve limitados sus ingresos por la caída del precio del gas y el petróleo; China pasó de crecer un 10 por ciento a hacerlo sólo un 6 por ciento –aunque tiene elementos propios y distintos para enfrentar la crisis y pareciera ver en la liberalización financiera una opción de contrapeso. Se avecinan políticas de reformas estructurales bajo la obsesión por reducir el déficit fiscal.

El malestar económico de los Brics acarrea consecuencias: Argentina que se ve afectada por la recesión de Brasil, cuyo PIB se espera que se contraiga un 3 por ciento en 2016. La recesión en América latina está marcada por precios de las materias primas bajos, reducción de la inversión extranjera directa y una guerra de divisas, donde la devaluación se traslada a una mayor inflación sin suficiente aumento salarial. Es en este contexto, no muy favorable para las economías emergentes, que el gobierno no deja de insistir en “insertar Argentina en el mundo”. La pregunta es: ¿Qué Argentina, en qué mundo?

Las políticas de ajuste y reducción del tamaño del Estado niegan el problema real, la caída de la demanda mundial de commodities, y lo agravan al reducir la demanda interna. Las políticas de Macri amplían la recesión en nuestro país. Tal como lo hizo la eurozona, prolongando la crisis, el gobierno aplica el sinceramiento de la austeridad: tarifazo energético, aumento de los precios, limitación de paritarias, despidos, liberación del mercado de capitales extranjeros, etc. Esta suerte de austericidio, profundiza la recesión que sólo puede compensarse con mayor mercado interno y desarrollo industrial.

La devaluación de enero sumó a Argentina a una guerra de divisas mundial, donde todos devalúan para ganar más competitividad. Estas devaluaciones simultáneas terminan en un juego de suma cero para el comercio internacional (todos se quedan igual en términos relativos), pero se trasladan a la estructura de distribución del ingreso interna, generando más desigualdad entre los sectores exportadores y no exportadores.

Cambiemos propone un país netamente agroexportador, expuesto a los vaivenes financieros internacionales, en un mundo con el precio de la soja y de las commodities por los suelos. Los acuerdos de libre comercio y el endeudamiento externo buscan esta inserción.

El presidente francés y el primer ministro italiano visitaron el país para fomentar el acuerdo comercial entre la Unión Europea y el Mercosur. Los acuerdos de libre comercio suelen exponer a nuestra industria, a nuestras Pymes, y a veces también a nuestro campo, a condiciones desfavorables. Una cosa es que Macri le regale las camisetas de Boca a François Hollande y a Matteo Renzi, otra cosa es que Boca tenga que jugar contra el Paris Saint-Germain o contra la Juventus.

Ni siquiera queda claro que dicho acuerdo permita que los productos agrícolas entren a Europa sin barreras para-arancelarias dada la Política Agrícola Europea. Además, las acuerdos negociados entre la UE con Perú y Colombia buscan en la liberalización del financiera, y la introducción de patentes o royalties que dificultan aspectos básicos como la producción de medicamentos genéricos.

Por otro lado, los países de referencia del gobierno en la región son Perú, Colombia y Chile, países de la Alianza del Pacifico. Este acuerdo que lidera Estados Unidos para que entren empresas extranjeras en campos como la minería y la explotación sin una suficiente protección de los trabajadores. A su vez, el anunciado preacuerdo con los buitres implica que Argentina va a colocar nuevamente deuda en dólares en los mercados internacionales, insertando al país en la máquina del capitalismo financiero global.

¿Endeudamiento para qué y con quién? Adquirir deuda para mejorar nuestras infraestructuras generando trabajo argentino y manteniendo la soberanía nacional, impulsaría significativamente la demanda interna. Pero colocar deuda externa para cubrir los huecos que se crean por caída en la recaudación del estado, solo servirá para volver al camino de los 90. O seremos como Grecia, donde la deuda paga los acreedores, en un proceso de nunca acabar de endeudarse para pagar. El plan de Cambiemos de insertar a Argentina en el mundo es muy caro. Es muy costoso para nuestra industria, pero sobre todo es muy caro para quienes se insertaron en la economía nacional gracias al crecimiento y a la distribución, y que ahora quedaran nuevamente excluidos.

FUENTE: PAGINA12

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