lunes, 18 de enero de 2016

Primera meta del programa económico macrista: reducción de salarios.


El cambio en el modelo económico tiende a achicar el mercado interno y la producción nacional. Los especialistas analizan el primer mes de Mauricio Macri, con medidas que configuran una redistribución regresiva del ingreso. Sus consecuencias a corto plazo y como cambio estructural.

La tan denostada campaña del miedo no fue tan lejos como la realidad misma. El ministro Alfonso Prat-Gay dejó en claro que la alegría no era ni será para la mayoría de los argentinos sino que alcanzará sólo a los sectores económicos concentrados, direccionando cuantiosas sobretasas de ganancias y transferencias de recursos a través del set clásico de políticas de ajuste: devaluación, eliminación y bajas de retenciones, subas de las tasas de interés, despidos masivos, ajuste fiscal, techo salarial, metas de inflación y el retorno al endeudamiento externo.

La primera meta que se ha fijado el gobierno es una reducción de los salarios reales. Con paritarias que parecieran tener un techo del 25 por ciento, al menos en la intención de los funcionarios, no se podrá recuperar la inflación anual (proyecciones privadas apuntan al 5 por ciento en enero y más del 35 por ciento en el año) producto de la abrupta devaluación, potenciada por la eliminación de los derechos de exportación para la mayoría de los cultivos y el tarifazo que se prepara para febrero. En síntesis, el equipo económico tiene como meta una caída de como mínimo diez puntos del salario real.

La segunda meta ha sido incrementar el desempleo como política antiinflacionaria. La expulsión de trabajadores del Estado sumado al efecto demostración (“yo despido, tu puedes despedir”) que tomará el sector privado, tiene la intención manifiesta de subir el desempleo como un elemento central en el control de precios, basada en un esquema de metas de inflacional estilo de los implementados en países como Brasil, Chile y Colombia.

Las metas de inflación necesitan de una tasa de desempleo más alta ya que se basan en el esquivo y refutable concepto de la Nairu. Es decir, considera que la tasa de desempleo tiene que incrementarse hasta alcanzar un nivel en el que no acelere la inflación, lográndose la estabilización de la inflación en niveles bajos. Una tasa de desempleo como el 6 por ciento actual, menor que la tasa Nairu acelera la inflación porque mayores niveles de empleo implican más capacidad de negociación de los trabajadores y por lo tanto un salario real por encima del salario natural.

Es decir, para Macri una tasa de desempleo del 6 por ciento sería “no sustentable” en términos económicos. El problema es que los insaciables y grasosos trabajadores aspiran a un salario real por encima de un supuesto nivel de equilibrio macroeconómico y eso crea “incompatibilidad distributiva” entre trabajadores y empresarios. Esta incompatibilidad ya fue resuelta por el gobierno con las medidas anunciadas: en este nuevo modelo pierden los trabajadores. Vale recordar también que los esquemas de metas de inflación han tenido magros resultados en la región en términos de crecimiento del PBI y en diversificación de la estructura productiva. El ejemplo Brasil es de un fracaso contundente, con desempleo, recesión e inflación record en 2015. Básicamente, el objetivo político es modificar regresivamente la distribución del ingreso para, mediante una nueva correlación de fuerzas entre los sectores sociales, torcer la balanza a favor de las fracciones más concentradas del capital local y transnacional.

Una tercera meta del gobierno es recuperar un Estado ausente. Para avanzar con el fortísimo ajuste fiscal en marcha, el equipo económico recurrió a la contabilidad creativa, incrementando gastos y bajando ingresos y salió a afirmar que el déficit fiscal era del 5,8 por ciento del PIB (7 por ciento si se suma la deuda flotante). El gobierno habló de una baja del déficit del 1 por ciento que implicaría un ajuste del 17 por ciento medido en base al cálculo PRO, pero que en relación a las cifras reales del déficit el ajuste será mucho más duro. También es importante tener en cuenta la composición del resultado fiscal. No es lo mismo un déficit fiscal con una alta proporción de intereses y deuda en dólares –como en los noventa– que otro donde mayoritariamente está nominado en pesos, como tuvimos hasta 2015. Con las medidas anunciadas, vamos hacia déficits en dólares, fiscal y socialmente insustentables.

Una cuarta meta es el endeudamiento externo. No habiendo ninguna referencia a un plan de desarrollo que necesitara de financiamiento, el retorno al sobreendeudamiento externo tiene como objetivo volver a financiar la especulación financiera y la fuga de capitales, un festín que nunca derrama para abajo, sino para arriba. En síntesis, pasamos de un modelo que en doce años propuso metas de crecimiento y empleo a otro de metas de inflación, de desempleo, de caída del salario real, de achicamiento del Estado y de endeudamiento externo. Cambiamos.

Nicolás Bertholet y Alejandro RobbaUniversidad Nacional de Moreno.

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