jueves, 28 de enero de 2016

Macrilandia: A la espera de una noticia siempre peor.


Una de las (tantas) cualidades de Shakespeare que no dejan de complacerme es aquel talento de mantener el suspenso de la obra aun anunciando lo que va a pasar. Los monólogos de Macbeth o Ricardo III dando a conocer sus estrategias futuras no sólo no restan sino que, al contrario, comprometen al espectador a acompañarlos en la trama. Y allí, en el terreno de las relaciones humanas, donde Shakespeare da cátedra se desarrollan, magistralmente, los dramas.

Lejos estamos del siglo XVI y del talento de Shakespeare pero seguimos, en este siglo XXI, en el terreno de las relaciones humanas, acaso algo más contaminadas, mercantilizadas.

Finalmente, después de 50 días de gobierno, el poder ejecutivo que entorna a Mauricio Macri lo hizo: metió la mano en los bolsillos de los votantes.

Después de 739 decretos publicados, 24.000 empleados públicos despedidos, 18 manifestaciones públicas, 3 represiones policiales y 2 arrestos políticos; después quitar las retenciones al agro, de devaluar la moneda un 40%, de derogar leyes parlamentarias por decreto y por la misma vía intentar poner dos jueces en la Corte Suprema de Justicia; después de clausurar la AFSCA y el AFTIC, de negociar con el Poder Judicial el sobreseimiento de las causas del presidente (escuchas) y de la directora de Clarín (hijos apropiados y Papel Prensa), de tomar la causa Nisman, de auspiciar el despido de periodistas opositores, de incentivar la hiperconcentración mediática a favor del Grupo Clarín (acaba de comprar Nextel y tres nuevas señales de cable); después de aumentar en 22% los altos cargos del Estado, de aceptar en silencio la prepotencia inglesa sobre las islas Malvinas, de clausurar el INDEC para encubrir los datos inflacionarios; después de suspender paritarias bonaerenses por decreto, de poner familiares en cargos estatales, de nacionalizar la deuda de Buenos Aires ciudad, de aumentar las naftas; después de anunciar y preparar nuevos megaendeudamientos; de volver a pedir la revisión del FMI, de abrir las importaciones, y de llenar el Estado de CEOS y empresarios que atacan las arcas estatales, el ministro de energía, Juan José Aranguren, anuncia el tarifazo.

Este anuncio, como muchos otros, tiene la particularidad del ignoto origen. Cuesta encontrar el origen, la primera vez que se dijo que el tarifazo energético se haría efectivo. Porque si una cosa quedó clara desde entonces (no sabemos bien cuando) es que se venía un tarifazo. Por supuesto los hacedores nunca utilizaron ni utilizarán el término “tarifazo”. Hemos escuchado y leído palabras como “sinceramiento”, “quita de subsidios”, “normalizar el país” y otras más inverosímiles. Lo cierto es que, de una u otra manera, todos sabíamos y esperábamos este brutal tarifazo. Ya lo sabíamos, incluso, cuando el ministro de Hacienda, Alfonso Prat Gay, hablaba en su estilo de un aumento de doscientos pesos, “dos taxis, o dos pizzas”. Siempre, desde el advenimiento de Macri al poder, supimos que venía el tarifazo. Sin embargo nunca se escuchó al presidente dar una sola de las innumerables malas noticias que recibieron los votantes. Para eso está el multimedios cogobernante que, entre novelas de persecuciones policiales, narcotráfico de plástico e insoportables repiqueteos sobre una herencia fatídica, cuela los desfalcos edulcorados en nombre de la “normalización” y el “sinceramiento”.

Y este anuncio, que nunca dijo el presidente y del que no conocemos origen cierto, penetró en la masa votante casi con profundidad subliminal, con apócrifa antigüedad, acompañada de complejas justificaciones, como si fuese una norma imposible de seguir eludiendo, como si fuese una verdad axiomática que se estaba violando, con pretensiones de de ser asumida por el votante como una culpa tan originaria como cristiana. Ustedes votantes, estuvieron robando a las empresas y nosotros venimos a poner las cosas en orden. Al César lo que es del César.

Pero el poder de esta hiperconcentración mediática va aún más allá. El anuncio del abrupto tarifazo, de un 300 a 500%, o sea, de tres a cinco veces más, la desacralizada mano presidencial en el bolsillo del votante, llega con una pretendida consideración. Porque se hace saber, desde la maquinaria concentrada y nunca desde boca presidencial, que es un “Primer paso para un fuerte aumento en las tarifas de luz” (tapa de Clarín).

Lejos de Shakespeare y aun después de lo ya ocurrido, el multimedios anuncia ajustes, nuevos ajustes, perecederos y renovables ajustes y la tensión del drama continúa, lejos de decaer, comprometiendo al votante (espectador o víctima), sedado ante una trágica y divina agenda, a acompañar las medidas con ventiladores o pelopinchos o con abstenciones de comprar carne a la espera de una y otra noticia siempre peor que la anterior entre provocaciones discursivas de ministros y opinólogos contratados.

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